miércoles, 11 de enero de 2012

NOCHE DE REYES

Recuerdo con frecuencia el comentario de la esposa de un amigo alemán que hacía del trato y consideración de los españoles hacia los niños. Mientras comíamos en un tranquilo restaurante de Hanover y platicábamos como si de una confesión se tratara,  alababa con entusiasmo la permisividad que aquí tenemos con los niños. Me acuerdo, cada vez con mayor frecuencia de aquella bondadosa señora, porque la condescendencia hacia esas encantadoras, cuando no pesadísimas criaturas, ha llegado a unos límites sólo soportables con tortillas de tranxilium. El porqué de esta disposición sea causa el golpe que me ha propinado un niño de unos seis añitos en una parte ultrasensible de mi maltrecho cuerpo. Emulando a Alonso conducía la criaturita el carro en el super cuando dirigió intencionadamente el artilugio hacia mi body, al tiempo que la mamá sonreía como diciendo ¡qué traviesín es mi niño! ¡ Pero Sra.!, ¿no se ha dado cuenta dónde y con qué potencia me ha golpeado  su angelito? La mamá ha continuando sonriendo y el niño jugando a carreras por los pasillos... No es culpa de las criaturas, no.
Hay un día señalado para los niños y familiares,  el 5 de enero, día de los Reyes Magos, noche de la ilusión.  Después de presenciar la cabalgata, preparan para la solemne visita y descarga de juguetes el turrón para SSMM; otros el agua y pienso de su mascota  para los camellos;  hay quien les deja para aquellos una copita de orujo para aliviar el frío, eso sí, casero; otros un calcetín para que dentro metan el mecano, camión teledirigido y el correspondiente carbón.  Después de irse a la cama los niños, sus padres continúan con la coreografía y logística para el montaje.
No todos pueden pasar esos días tan entrañables con los suyos, aunque hay quienes por suerte tienen vivencias que compensan la melancolía de esos momentos, como lo vivido y contado por la tripulación del buque de asalto anfibio Galicia cuando regresaba de socorrer a los damnificados por el huracán Mitch.


          LA BANDERA DEL DIA DE REYES*

Al alba del día 5 de enero entraba navegando a bordo del buque de asalto anfibio Galicia por la bocana de la bahía de San Juan de Puerto Rico (...) A un cuarto de milla del malecón tres toques roncos y estremecedores brotaron súbitamente de la sirena del barco e irrumpieron en la bahía. "¡Mirad por la amura de babor!" -voceó el serviola desde la aleta del puente de mando-. (...) Divisamos en una galería abierta de un noble edificio de la muralla, una bandera de España que tremolaba al viento. Era ondeada con brío por una figura vestida de blanco.
(...) En esa noche especial,  tras todo un día de trabajo(...), se nos informó del accidente de una niña en la aldea de Chinandega, a unos veinticinco kilómetros de distancia con una carretera de difícil acceso,(...)Junto al comandante truamatólogo Paco Moreno, el capitán ciriujano Adolfo Carabol y otros miembros de la unidad  nos desplazamos en dos vehículos Hummer a una humilde choza rodeada de "chilamates" o "matapalos". La caida de un árbol había fracturado la tibia y el peroné de Angelita, una mulatita de 18 meses (...) Tras reducir la fractura y estabilizar la pierna (...) Con lágrimas en los ojos, el padre nos dijo que "el Niño Jesús se había presentado esa noche en su casa, en forma de médicos españoles". (...) Su mirada profunda, sus ojos saltones, su cuerpo enjuto, junto a su madre (...) siempre sonriente y con una dignidad resignada a su suerte, consiguieron mitigar la ausencia de nuestros seres queridos en esa inolvidable noche.
Pero ¿y la bandera? ¿Quién la ondeaba, donde y por qué? En la tarde del día de Reyes (...) me dirigí al hospital español de Nuestra Señora de la Concepción (...), una placa en su puerta con la inscripción "en esta casa vivió fray Junípero Serra(...)"(...) Allí las monjas nos refirieron la costumbre de ondear la bandera cada vez que un barco español entraba en puerto. Al preguntarles (...) nos respndieron con el siguiente relato: El día 29 de junio de 1898  había zarpado el mercante Antonio López lleno de soldados españoles que regresaban  (...), el último en abandonar la isla (...) Tras salir de la bahía fue hundido por un buque de guerra norteamericano. Cuentan que el único náufrago que se salvó alcanzó la orilla portando, alrededor de su cuerpo malherido, una bandera española. Un lugareño le ayudó cuando estaba ya agonizante.

        - ¿Quién es Vd.? -le inquirió el náufrago.
        - No se preocupe.  Soy español como Vd. - le respondió.
        - ¿Pero, cómo se llama?
        - Me llamo Rocafort y soy gallego.
        - Pues tome esta bandera del Antonio López y prométame que nunca caerá en
           manos enemigas.


El náufrago murió y Rocafort custodió la bandera durante unos años.
Las monjitas del hospitalillo tenían la costumbre de agitar sus pañuelos cada vez que un barco español se asomaba a la bahía de Puerto Rico. Rocafort decidió entregar la bandera a la madre superiora de la comunidad. (...) Desde ese mismo día el consulado les comunica la hora de llegada al puerto de un buque español. Las monjas del hospital español en lugar de saludar con los pañuelos hace ondear la enseña, ahora una joven abanderada, sor Dolores, de tan sólo 84 años.

**Autor: Tte. Coronel Médico D. Juan Manuel García-Cubillana de la Cruz,
            publicado en la sección Vivido y Contado de la Revista General de Marina.



En la actualidad las monjas del hospital español Nuestra Señora de la Concepción se dedican a los pobres, viejos desahuciados y enfermos terminales del sida.

   


4 comentarios:

  1. Interesantísimo relato, querido amigo.
    Un abrazo.

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  2. Dos bonitas historias de gentes del mar.
    Un abrazo, amigo.

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  3. Amigo Ramón:
    No puedo contactar contigo y necesito hacerte una pregunta, si puedes, llámame por teléfono.
    Un abrazo.

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  4. Sencillos y reales sucesos que abundarán en todo el mundo y carecen de publicidad.
    Natalia

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